viernes, 11 de abril de 2014

Espejo.

Hace una hora que me he despedido de ellas. Y hace cinco minutos que me senté en el suelo de mi cuarto con el ordenador encima. La maleta me espera abierta encima de la cama, dispuesta a alojar toda una semana lejos de aquí. Justo enfrente, el espejo me devuelve la mirada. Hoy he sentido la paz que únicamente unas amigas pueden darte en una noche cálida de viernes. Ni siquiera los recuerdos de algunas calles me han alterado mi tranquilidad. Quizá sea que el tiempo ha borrado las marcas que pretendían ser eternas en el escenario de la capital. Y ahora me parece algo tan lejano que no me reconozco en aquel sentimiento.

Quizá sea verdad aquello de que soy una chica correcta que una vez tomó una decisión equivocada. Vuelvo a mirarme al espejo. No, no es verdad. No soy una chica correcta. Ni siquiera mi sonrisa es correcta. Hace mucho tiempo que abandoné mi pretensión de perfección. Pero sí es verdad que tomé una decisión equivocada, entre otras muchas. Me perdí durante mucho tiempo, aunque luego ha resultado ser la única manera de encontrarme. Me rehíce, con paciencia y fuerza. Y ahora ya no quiero tener nada que ver con lo que aquella vez me hizo romperme.

Como una vez dije, vuelvo a disfrutar del aire de Madrid. De una bonita conversación, o de un helado en Plaza de España. Las miro a ellas y solo veo mi evolución. Como amiga y como persona. Como mini mujer. Son mi pequeño tesoro. Lo que he conseguido conservar en libertad. Aprendí a querer mejor y a volver a confiar. A mirar la vida por el camino de las metas. A contar los segundos que dura la felicidad en el estómago. A mirar mejor a quien mira mal.

La vida me ha hecho ver hace poco que siempre se puede abrazar con más fuerza para que el dolor se reparta. Que ya tengo dos hermanos más. Y un camino que hacer. Aún sigo echando la tristeza de mi cuerpo en forma de lágrimas, pero sonrío una vez haya terminado.

Vuelvo a mirarme al espejo. Y solo veo a la que no va a volver a rendirse tan fácilmente. A la que espera con ilusión esa boca que verá mañana. A la que tiene a las mejores personas a su lado. A la que sigue escribiendo, aunque siempre acaba pensando que no lo hace del todo bien, simplemente porque es la única manera de seguir viviendo. 

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