jueves, 3 de julio de 2014

Noche superlativa.

Existen muchos tipos de amores. Muchas maneras de sentirlo y pocas de describirlo. Me pregunto si alguien puede abarcar con palabras lo que realmente significa. Si unas simples letras pueden recoger toda esa inmensidad. Quizá haya patrones que nos permitan identificarlo, saber que ya hemos encontrado lo que nos hace estar perdidos.

Aquello que pertenece a la física pero que reniega de ella. Es el estallido de absolutamente todos los poros de tu piel. La paz que se genera en un corazón que no deja de estar inquieto. Es el primer tacto de las yemas de los dedos. El momento exacto en que las bocas expiran al unísono. Son todas las caricias que empiezan en la piel y acaban en el alma. Es ir con el corazón abierto, pidiendo calma para que no se desboque.

Es aquello que nadie más puede darte, aunque no sepas exactamente lo que es. El insomnio de ver cómo duerme, cuando su espalda se convierte en el paisaje más bonito. Es aquella esfera de intimidad en la que no cabe nada más, ni siquiera más espacio del necesario. El último pensamiento antes de dormir, y el primero al despertarte. Es todo aquello que tiene que ver con la manera en que las miradas se sostienen.

Es respirar hondo y notar que el corazón está un poquito más lleno. Es su cepillo de dientes al lado del tuyo y su olor como el mejor perfume. Es tener la certeza de que no quieres mirar a nadie más. Son aquellos besos en la frente y los dedos entrelazados. Es la sonrisa que ha llegado para quedarse. Aquello que todo el mundo debería sentir, pero que nadie debería padecer.


Sigo pensando que es imposible dar forma a lo que nació sin ella. Aunque nos empeñemos en materializar aquello que transciende lo físico. Certezas de algo que es invisible pero sensible. 

Quizá sea la vida misma. O simplemente lo que siento al escribir esto.

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