lunes, 4 de julio de 2016

Más allá de Sonrisienta.

NOTA: Hace un tiempo que estoy por aquí, escribiendo lo que en mi corazón desborda. Y hoy me apetece ofreceros una entrada diferente. Para toda esa gente que me lee (aunque seamos poquitos), pero que lo hace de manera incondicional. Esta noche voy a intentar hablar un poco de mí, más allá de lo que ya hayáis podido interpretar de mis textos. Alrededor de un año, “La chica de los chicles”, a la que leo desde hace varios años, me nominó a un juego de preguntas, pero la verdad, no soy de hacer ese tipo de cosas. Y le pido disculpas, porque me hizo mucha ilusión. A cambio, le dedico esta pequeña descripción de mí y de lo que forma parte de mi mundo. Eso sí, espero que no lo quemes después de leer ;)

Eran las diez y diez de un diez de febrero, domingo. Y nevaba. Justo el día en que le robaron el coche a mi padre. Y entre tanto caos, nací yo. Creo que eso determinó, de alguna manera, que ahora sea obsesa del orden. Hace 25 años que mi padre me sostuvo por primera vez en sus brazos. Era tan pequeña que el médico decidió meterme en una incubadora porque pensaba que podía tener algo. Y yo, la verdad, solo decidí nacer antes porque ya tenía ganas de vivir. Nunca se me dio bien eso de estar quieta en un sitio.

Soy de una ciudad preciosa que poca gente conoce, pero en la que casi todos tienen familia. Cáceres. Aquí he aprendido lo básico de la vida. A caminar, a hablar (eso lo aprendí demasiado bien), a besar. Me he llevado mis primeras decepciones, y también grandes alegrías. Me enamoré por primera vez en una esquina que aún guarda recuerdos. También aprendí a luchar por mis sueños, a forjarme una personalidad. A escribir.

Como muchos sabréis, a los dieciocho, Madrid se convirtió en mi ciudad adoptiva. Una nueva vida lejos de mi familia y más cerca de mí. A la capital le debo muchas cosas. Pero, sobre todo, la suerte de haber encontrado a mi dos salvavidas. Volvería a repetir toda la aventura, si ellas volvieran a ser mis actrices.

Después de cinco años de independencia, volví unos meses a la ciudad que me enseñó a ser el origen de lo que ahora soy. Un cuerpo con mucha más experiencia entre las cicatrices. Una periodista con el corazón en las nubes, pero los pies en el suelo. Con ganas de contar las historias que nadie cuenta pero que todo el mundo debería saber. Pero un tiempo después, la capital me hizo un llamacuelga. Y tuve que volver, claro.  

Me llamo Marta, y soy muy bajita. Bastante. Me salen pecas en la cara cuando me da el sol. Odio los números impares. Tengo acento de encina. Y siempre tengo las manos frías. Estoy obsesionada con viajar a Senegal. Tengo un conejo que se llama Yilo y es una extensión de mí. Porque nos queremos incondicionalmente. Tengo un hermano que tiene los ojos más bonitos de la familia. Porque todo se lo quedó él en el reparto de genes. Canto fatal, aunque hace tiempo bailaba. Y hasta lo hacía bien. La cosa que más me gusta en el mundo es leer y, a veces, soy demasiado reflexiva, cosa que irrita bastante a los que me rodean. Dicen que tengo una bonita sonrisa y que soy fuerte. Pero frágil. Tengo tres tatuajes y soy adicta a la coca cola. Aunque recientemente he descubierto la buena cerveza y el podio ha pasado a ser compartido. Ah, y odio mi nariz.

Jamás he traicionado mis principios, aunque mi visión de las cosas haya evolucionado. Adoro mojarme cuando llueve, y soy feliz con las cosas más pequeñas. Tengo la ilusión de una niña pequeña y, en ocasiones, la seriedad de un adulto. Pero el resto del tiempo estoy loca. Siempre he sido muy tímida, pero poco a poco voy encontrando la manera de sentirme más cómoda entre tanta gente desconocida. Quizá sea culpa de la persona que, desde hace más de dos años, camina a mi lado. A pesar de la distancia.

Disfruto con un gin tonic y una buena conversación. Pero odio las discotecas. Mi prenda favorita son los vaqueros y casi nunca me maquillo. Estoy enamorada de la voz de Andrés Suárez, y me consta que no soy la única. Siempre me han dicho que soy muy cabezona. Pero yo prefiero decir que tengo tendencia a defender mi postura. Porque siempre he sido incapaz de aliarme con la injusticia.

Tiendo a autocastigarme cuando mis sentimientos están desordenados. Solo he amado dos veces. Y me he equivocado una tercera. Creo firmemente que hay magia en las miradas y en la piel. Pero también que hay mentiras disfrazadas de palabras bonitas.  Aunque, al menos, ya aprendí a diferenciarlas.

Creo que ya tenéis suficiente de mí en una temporada. Perdonad el empacho. Al menos espero que os haya gustado la glotonería.

Ruego encarecidamente que os pronunciéis, os presentéis en comentarios si os apetece. Y, de esta manera, podamos ir conociéndonos un poquito más.

Nos seguimos leyendo aquí siempre que queráis.


Sonrisienta. 

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