jueves, 12 de julio de 2012

Trece


Conversación infinita después de un largo tiempo. Y es que ya son tres años desde que acabamos el colegio. Yo aún me acuerdo del momento exacto en que comenzó nuestra bonita amistad. Era un día de diario por la tarde y yo estaba asomada al balcón de mi casa con mi padre. Una niña rubia pasa por la calle, había estado en mi clase desde infantil, pero nunca habíamos coincidido en el mismo grupo. Un saludo. Padres que se ponen a hablar. Se mudaba una calle más abajo. “Ahora podéis ser amigas”, nos dijeron nuestros respectivos padres. Y, aunque nos sonó forzado, empezamos a pasar cada vez más tiempo juntas.

Teníamos 8 años. Ahora, recién cumplidos los 21 para una servidora y camino de ellos para la rubia. Trece años. Suena a poco tiempo dicho de una sola vez. Repitámoslo pausadamente: T R E C E. ¿Quién nos diría que después de tanto tiempo seguirían las cosas igual? Aun cuando nos separen 500 Km. Sigues ahí. Para todo. Es bonito ver cómo dos personas que se quieren, aunque no hablen a menudo y cada una haya seguido caminos diferentes y alejados, mantengan la misma relación de siempre.

Tardes tumbadas en la cama, con los pies en lo alto, de peluquería experimental, noches en el poli, de cuchicheos nocturnos, de rasgueos de guitarra. Canciones importantes, paseos con el panadero, la tijerilla, el primer puntillo, una cama de 90 compartida, un abrazo necesario.
Media vida compartida. Y la que queda.

Recuerdo el tiempo que dejé atrás,
olor a tizas y a tierra mojada.
Cierro los ojos y allí está ella,
con su dulce mirada.
Su sonrisa siempre me acompaña.
En la distancia, noto su presencia.
Cuando yo caigo,
ella da mis pasos.
Cuando no puedo ver,
ella abraza mi silencio.
Cualquier persona desea recibir algo a cambio;
sin embargo, ella nada.
La vida se inmortaliza en imágenes,
pero vacía está sin las palabras.


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