viernes, 29 de noviembre de 2013

A veces, sucede.

A veces, sucede que te olvidas del resto del mundo por un corazón medio cerrado. Solo piensas en unos únicos labios, aunque ya sea por costumbre. Y no ves que fuera hay mil más que no tratan de mentirte. Y si lo hacen, no con tantos adornos.

Y entonces pasa, que vuelves a respirar el olor del cigarrillo de otra boca, a mirar a unos ojos transparentes con más humildad de la que te ofrecía aquella mirada oscura. Y vuelves a disfrutar del aire de una noche cualquiera de Madrid, a pensar más en ti misma. Y te das cuenta de que has perdido mucho tiempo en la persona equivocada, aquella que no estaría dispuesta a dar lo mismo que darías tú. A disfrutar de los hoyuelos que aparecen cuando te ríes, a la forma de tus caderas al andar, a verte igual de guapa recién levantada.

Dicen que las mejores ocasiones ocurren cuando menos las esperas, que para ser feliz tienes que aprender a disfrutar de esas pequeñas cosas. De una canción en un momento preciso, del sabor de una cerveza bien fría, de sonrisas fugaces y miradas fijas. Que vivir es paradójicamente eso, vivir. Caer, levantarte, saber disfrutar de tus triunfos y sacar afuera tus fracasos, mantener a la gente que realmente te quiere en tu vida y a la que no está dispuesta a luchar por ti, dejarla ir.


Que siempre va a haber alguien ahí fuera dispuesto a devolverte la sonrisa que alguien te quitó.


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