miércoles, 12 de marzo de 2014

Vidas.

Al día me cruzo con una media de veinte personas. Mis ojos se fijan en decenas de pupilas a lo largo de un trayecto de metro. Sostengo la mirada a cinco personas al menos desde que me monto en el cercanías. Cientos de sonrisas se cruzan conmigo en un solo mes. Por la calle, en el supermercado, en la cafetería. Gente que entra en mi vida unos segundos, para luego desaparecer. A la gran mayoría no vuelvo a verlos nunca más. A otros los veo cada día en mi rutina cotidiana. Pero se quedan en eso, en personas que no traspasan la línea de mi vida.

Unos pocos, sin embargo, han conseguido llegar un poquito más lejos. Alguno que otro ha llegado a despertar mi atención, aunque sea durante apenas unos minutos. Me he sorprendido con un bonito hoyuelo imprevisto o con unas palabras inesperadas. He disfrutado de una buena compañía en una noche de cervezas. He brindado con alguna que otra oportunidad rechazada. Y he esquivado promesas de papel.

Cientos de personas. Decenas de posibles.

Pero yo me fijé en ti. En tu sonrisa y en tu determinación. En la manera en que te girabas para escuchar uno de mis monosílabos. Recuerdo a la perfección aquella cara de golfo con uniforme. No pude evitar que mis ojos no pararan de mirarte de reojo. Y esperar disimuladamente a que me dijeras algo. No quería saber de ti, pero me fue imposible no nombrarte. Tampoco pude evitar enamorarme de tu voz. De tus maneras de sujetar el cigarro, de tus ojos llorosos, de tus silencios cargados de sentido.

Será que el primer suspiro del aire de Madrid me hace echarte de menos. O que ya me acostumbré a dormir con tus brazos como almohada. Puede ser que tenga demasiado grabada la imagen de los mil lunares de tu espalda agarrándome por el pasillo. O el eco de las palabras dichas en el momento preciso. Quizá sea que siempre vea tu hueco a mi lado antes de dormir, o la espuma que le falta a cada café que me tomo. Es posible que eche de menos el sol en tu cara una mañana de domingo, o tus besos en la comisura de un saludo ficticio. Puede que simplemente te eche de menos y punto.

Siguen pasando vidas por la mía. Algunas la rozan. Otras las sorteo.

Pero ninguna se queda.


Porque ninguna de ellas eres tú. 

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