domingo, 3 de febrero de 2013

Tan solo necesitaba su sonrisa para iluminar el mundo.


Entre toda aquella gente parecía frágil. Sentada en el borde de aquel enorme sofá miraba al tumulto concentrado en esa habitación. Eran tan diferentes a ella… Las chicas, casi todas con vestidos cortos y tacones de vértigo. Ella, con unos jeans ajustados y una camiseta de tirantes. Esta vez sí se había puesto tacones, para intentar pasar un poco más desapercibida. Pero tratándose de ella, era una misión imposible. Sus ojos color caramelo remarcados con el eyeliner y el rímel, cautivaban a aquel despistado que se quedaba mirando dos segundos más de la cuenta. Su pelo largo y castaño contrastaba con su aire inocente, dándole un toque irremediablemente sensual cuando se lo acomodaba a un lado del cuello. Su cuerpo tampoco podía pasar desapercibido. Sus curvas de lady hacían que un simple vaquero y una camiseta resaltaran más que cualquier vestidito de las chicas de su alrededor. Pero lo que realmente la hacía especial era esa mueca que dibujaba con sus labios carnosos. Con una única sonrisa era capaz de parar en seco a cualquier hombre que se cruzara con ella. No había manera exacta para describir las sensaciones que producían ese mágico gesto que, por suerte, lo mostraba muy a menudo.

Sin embargo, en medio de esas personas desconocidas no se sentía lo suficientemente cómoda para sonreír sin ningún motivo aparente. Su único motivo y por el cual había llegado allí había ido a fumarse un cigarro. Ladeó la cabeza intentando buscar su silueta, todo lo que sus miopes ojos le permitían enfocar. A lo lejos, divisó su inconfundible figura. Una espalda ancha, y un torso firme, escondido bajo un jersey de lana gris. Sus vaqueros desteñidos y sus botines le daban aun más ese aspecto de tipo duro inherente a él. En su mano sostenía el tabaco, mientras espiraba humo de la manera tan natural con que los fumadores habituales lo hacen. Hablaba con una chica un poco más alta que ella, una de las que llevaban esos ridículos vestidos apretados y un maquillaje estridente, a pesar de que ni su cuerpo ni su cara lo permitían. Él parecía forzado en mostrar atención a lo que la muchacha llamativa le contaba. Aparentemente aburrido, giró su cabeza y sus miradas se cruzaron. Ahora es él el que esboza una sonrisa. Y a ella se le paraliza el corazón.

A su mente le viene de repente el primer día que le vio y aquel arqueo de cejas que se le quedó grabado. Y cae en la cuenta de lo radicalmente diferentes que son. Mira a su alrededor de nuevo. No está acostumbrada a nada de esto. Este no es su mundo. En su ambiente, las chicas llevan elegantes atuendos, se maquillan de una manera sutil y hablan discretamente y, por supuesto, no bailan de esa manera. Siente que está entre los dos mundos, perdida. Divisa la mesa donde están las bebidas y se acerca a por un vaso. Se sirve un gin tonic y le da un sorbo largo. Esta noche no quiere pensar. Lleva mucho tiempo dándole vueltas a cosas inútiles que no tienen solución aparente y desea dejar su mente en blanco. Le da otro trago. Esta vez más largo. Sin darse cuenta ya se ha bebido la mitad de la copa. Un chico se acerca a hablarle y ella, esquiva, se da la vuelta sin dirigirle la palabra. Repite el proceso con los otros tres chicos más que han reparado en ella.

Tras dos copas más en tan solo un cuarto de hora, su vista no enfoca más allá de dos metros. El cuarto chico le arrebata la copa sin mediar palabras. Ella se da la vuelta, dispuesta a reprender a ese insolente. Pero se topa con unos ojos marrones que la miran fijamente. Esos ojos marrones.

-          No sabía que bebías… y menos de esa manera

-          ¿Y por qué no voy a poder beber?

-          No es que no puedas, es que no te pega

-          Pues yo quiero que me pegue. Aquí desentono si estoy sobria. Dámela.

Él aleja aún más el vaso de su alcance. Y acerca su cara a la de ella.

-          ¿Y qué hay de malo en ser distinto?

-          En que parezco una mosquita muerta entre todas estas mini faldas

Él estalla en carcajadas.

-          A mí me gustan las mosquitas muertas

Ella entorna los ojos para poder ver con claridad. Se siente mareada y su cabeza empieza a darle vueltas.

-          Pues yo me siento estúpida. ¿Para qué me traes aquí si no quieres que me comporte como una de ellas?

-          Para que les demuestres que no hace falta ser como ellas. A ti no te hace falta ponerte esa ropa, ni insinuarte. Basta con que sonrías como me hiciste a mí aquel día.

Aun más mareada, aprieta los labios y hace una graciosa mueca de falso enfado. Nunca se acostumbrará a las maneras de este chico. Duro y sensible a la vez, seguro de sí mismo, con un atractivo indiscutible. Él esboza una sonrisa sincera y le guiña un ojo.

-          Mejor, pon esos pucheritos que como sonrías aquí dentro tengo que pelearme con unos cuantos.

E irremediablemente, sonríe. Como tan solo ella lo hace. Él deja la copa en la mesa y la atrae hacia sí. Huele a tabaco y a su peculiar perfume. Y por una vez se olvida de todo lo demás. De que está en medio de gente de la que nunca formará parte. Por suerte. Y se pierde en el mareo de su beso. Frágil pero decidido. 

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