domingo, 15 de septiembre de 2013

You always hurt the one you love.

Habían pasado unos cuantos años. Diez exactamente. Y ahora volvía a tener sus intensos ojos marrones delante, mirándolo. No habían cambiado absolutamente nada. Seguía teniendo aquella pequeña mancha más clara en el iris. Le miró los labios, aquellos que había besado tantas y tantas veces. Y entonces la recordó hacía años atrás, con el pelo infinitamente más largo y algo más joven, con aquel vestido granate que tanto le gustaba. Solía sonreírlo con aquel gesto tan característico suyo. Y algo le revolvió el estómago.

Ella lo miraba fijamente, intentando ver en él algo de lo que antaño la había enamorado. Su media sonrisa seguía intacta, sus aires de tipo duro también. Pero ahora era todo un hombre. Miró disimuladamente sus brazos, mucho más hinchados. Y lo recordó hace tiempo, alzándola para subirla a la mesa, mientras la besaba intensamente. Y sintió una punzada a la altura del ombligo.

Tras unos segundos en silencio, mientras asimilaban todos aquellos años sin verse, él le preguntó qué había sido de su vida.

- Acabé la carrera, me gradué y empecé a trabajar en una emisora de radio. Fui ascendiendo y ahora soy la conductora de un programa que se emite por la noche.

Él miró hacia la puerta del supermercado, aún le quedaba tiempo. Cerró la puerta del coche y se apoyó en ella. Sabía que ahora le tocaría a él resumir su vida de los últimos diez años. Pero no estaba seguro de querer contársela.

Ella dejó las bolsas de la compra en el suelo y se retiró el mechón de pelo que le molestaba en la cara.

- ¿Qué hay de ti? La última vez que supe de ti estabas trabajando en aquella tienda.

- Sí, eso duró poco. Luego... Las cosas se complicaron y desde entonces he trabajado en todo lo que me ha ido saliendo.

Mientras decía esa frase se dio cuenta de todo aquello que ella le advertía cuando no era más que un niño. De que tenía que estudiar y labrarse un futuro. Entonces le parecía algo muy lejano. Ahora entendía la importancia de aquellas palabras. La miró de nuevo y pensó en su vida actual. Había seguido exactamente los mismos pasos que le maldijo ella, cuando enfadada y con lágrimas en los ojos, le gritó que no quería saber nada más de él. Y volvió a recordar las razones de la decisión que provocaron aquellas lágrimas. Nunca habría sido un hombre adecuado para ella. A pesar de las advertencias de todos, decidieron luchar por estar juntos. Pero las dificultades cada vez eran más grandes y no acababa por encontrar la forma de estar a su altura. La decisión de abandonar era la mejor opción, al menos para ella, aunque no lo entendiera en aquel momento. Pero algo le seguía doliendo en lo más profundo. La había dejado marchar, y era consciente. Unas lágrimas asomaron a sus ojos. Miró de nuevo hacia la puerta del supermercado. Se había acabado el tiempo.

Ella, extrañada ante la emoción repentina, miró hacia el mismo lado que él. Vio cómo dos niños pequeños correteaban y chillaban. Una mujer mal arreglada, con el pelo enmarañado y cara de estar agotada, los reñía mientras sujetaba con firmeza la compra. Se dirigían hacia los aparcamientos donde estaban ellos. Uno de los niños echó a correr y con una voz chillona empezó a llamar a su padre. Le costó un par de segundos asimilar aquella escena. Le dedicó una última mirada, confusa y sorprendida. Se encontró con los ojos de él y unas cuantas lágrimas corriendo por sus mejillas. Y él solo supo decirle lo que nunca consiguió:


- Lo siento...



Y si rompí tu corazón anoche 
es porque 
te amo más que a nada.

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