martes, 10 de septiembre de 2013

No estás, pero tampoco te has ido.

Esta es la vez número quince que me prometo a mí misma alejarme de ti. Y la dieciséis que vuelvo a pensar que no soy capaz. Hace nueve meses que caí en esa media sonrisa y tres que me desengañé de ella. Ya no te veo cada vez que cierro los ojos, no se puede ver algo que no está. Simplemente te miro y veo a aquel que una vez fuiste. Con la mirada fija y las manos metidas en los bolsillos.

Dicen que ante cualquier situación solo puede haber dos resultados: que sea un bonito recuerdo o una buena lección. Yo elegí las dos, y ahora no me queda ninguna. No sé si son tus pocas ganas de luchar o mi indiferencia. Lo que sé es que la incertidumbre no perdura para siempre, al igual que tu arrepentimiento pasajero. Tras dos perdones seguidos, ya no existe un tercero.

El invierno nos encendió y el verano llegó a enfriarnos. Quizá sea verdad que no pudimos saltar el muro que separa nuestros mundos. Que cada uno está en su lugar por algo. Que los motivos que hicieron que nuestras bocas se juntaran están haciendo que nuestros corazones se separen. Te conozco tanto que me da miedo descubrir que de verdad este es tu límite.

Mientras, yo sigo queriendo no quererte, aunque cada noche mi cama diga lo contrario.


Olvidar que no estás y aceptar que tampoco te has ido.




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